Thomas Mann (1875-1955)

“Apoyando un brazo en la barandilla, Aschenbach se dedicó a observar a la multitud ociosa, congregada en el muelle deseosa de ver la salida del barco y los pasajeros de abordo. Los de segunda clase, hombres y mujeres, se habían instalado en la cubierta de proa, utilizando cajas y fardos como asientos. Un grupo de jóvenes integraban el pasaje de primera: al parecer, dependientes de comercio en Pola que, en un rapto de entusiasmo, se habían unido para hacer un viaje a Italia. Se les veía muy satisfechos de sí mismos y de su empresa: charlaban o reían, complaciéndose en sus propios gestos y ocurrencias, e inclinándose por la borda se burlaban a gritos de las gentes que, cartera bajo el brazo, entraban en los establecimientos de la calle del puerto, amenazando con sus bastones a los ruidosos excursionistas. Uno de éstos, vestido con un traje estival de última moda, color amarillo claro, corbata roja y un panamá con el ala audazmente levantada, destacaba entre todos por su voz chillona y excelente humor.

Pero apenas Aschenbach lo hubo observado con más detenimiento, se percató, no sin espanto, de que se trataba de un falso joven. Era un hombre viejo, no cabía la menor duda. Hondas arrugas le cercaban los ojos y boca. El opaco carmín de sus mejillas era maquillaje; el cabello castaño que se asomaba por debajo del panamá con cinta de colores, era una peluca; la piel del cuello colgaba fláccida y tendinosa; el bigotito retorcido y la perilla se los había teñido; la dentadura amarillenta, que enseñaba al reírse, era postiza, además de barata, y sus manos, cuyos índices lucían anillos con camafeos, eran manos de anciano. Aschenbach se estremeció viéndolo alternar con aquellos muchachos. ¿No sabían, no advertían acaso que era viejo y no tenía derecho a llevar su abigarrada indumentaria de dandy ni a hacerse pasar por uno de ellos? Pero lo cierto es que, con toda naturalidad y como por costumbre, según parecía, lo toleraban en su grupo y lo trataban como a un igual, devolviéndole sin repugnancia las palmadas afectuosas que les daba en el hombro. ¿Cómo era posible algo así?

Aschenbach se cubrió la frente con la mano y cerró los ojos, irritados por la falta de sueño. Tuvo la impresión de que las cosas no iban del todo como era de esperarse, de que algo parecido a un extrañamiento onírico empezaba a adueñarse del entorno, una derivación del mundo hacia lo insólito que quizás él pudiera contrarrestar si ocultaba un momento el rostro entre las manos y volvía a mirar luego alrededor. Pero en ese mismo instante tuvo la sensación de estar flotando y, movido por un miedo irracional, abrió los ojos y advirtió que la pesada y sombría mole del barco se desprendía de las paredes del muelle. Pulgada a pulgada, gracias al movimiento alternante de las máquinas que avanzaban y retrocedían, fue ensanchándose la cinta de agua sucia y tornasolada que separa el muelle del casco de la nave, y, tras efectuar una serie de lentísimas maniobras, el vapor puso proa hacia alta mar”.

Extracto de la novela “La Muerte En Venecia” (1914)

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