Francis Carco (1886-1958)

“Fernande, casi más que el amor, adoraba el cansancio que venía después, mientras, tumbada en la cama deshecha, sentía por el Palomo una ternura renovada. Él encendía un cigarrillo y, voluptuosamente estirado bajo la sábana, se quedaba en silencio. Ella miraba cómo ascendía hasta el techo el humo que soltaba él despacio, y su felicidad era todo ligereza, dulzura y agotamiento. Era una felicidad frágil, nueva, una maravilla delicada, y nunca se abandonaba por completo tanto como en el momento mismo en que sentía que era así. El tiempo dejaba de existir.  Por fin, todo iba alejándose… todo… hasta el rumor de la inmensa ciudad sorprendida trágicamente por la noche, obstruida por el alocado bullicio de la calle, las aceras y los bares relucientes.
¡Y qué paz! En el cielo incandescente por las luces el fuego purísimo de una estrella se encendía y temblaba. No había ni una nube… Alguien arrastraba una silla. En el corredor, una misteriosa conversación iba alejándose, una puerta se abría primero para cerrarse después…-¡Ah! ¿Qué hora es? –preguntó Fernande.

El Palomo se deslizó fuera de la  cama y encendió la lámpara. Eran las ocho. Su vida, desde hacía cuatro meses, se dividía entre la ociosidad de días todos iguales, y el trabajo de las noches. La muchacha trabajaba sola. Celosa hasta el punto de pegarse con quien hubiera querido arrebatarle al Palomo, se esforzaba para que no le faltara de nada. Aquella belleza frágil escondía una pasión con una violencia que nadie hubiera podido sospechar. Y ya casi no reconocía la figura pálida de aquella obstinada que veía acercarse al espejo y que se desvestía después de sacar de la media el dinero que, moneda a moneda, había ido guardando.

Y sin embargo era ella, la Fernande… Se la podía ver por los bares de la plaza y de la calle Pigalle.  Hasta el amanecer, acompañaba a los bebedores grises que estaban dispuestos a pagar y a llevarla al hotel… Volvía horriblemente cansada. El Palomo dormía. Se acostaba pero muy a menudo se echaba a llorar, con el corazón henchido de un sufrimiento misérrimo, con los ojos quemados por la luz del día que inundaba la habitación, y desesperada por no creer bastante en aquel pobre amor que llenaba y desgarraba su vida.

Porque –y era a pesar de toda su energía- Fernande se sentía incapaz en ocasiones de luchar contra la indiferencia apenas disimulada de Jesús el Palomo. No la amaba. Si la había hecho suya era por cálculo y notaba perfectamente los bajos manejos, las sonrisas, las caras ambiguas y la cobardía con que la rodeaba. ¡Si se había dado cuenta desde la primera noche! ¿Cómo podía, después de tanto tiempo, seguir aguantando que la tuviera tan vulgarmente engañada? Pero la muchacha se preguntaba inmediatamente después si al perderlo no lo perdería todo. Él era más fuerte. La tenía cogida. ¿Podía ni siquiera imaginar que un día dejaría de satisfacer el menor de sus caprichos, y él de hacerla sufrir? ¡Ay, bien sabía que las mujeres adoran a quien sabe dominarlas!… En el Moulin-Rouge tenía amigas que vivían juntas. No eran felices. Había parejas extrañas que se reían por tonterías. No eran felices… Se les notaba en la cara de preocupación que ponían de vez en cuando. Sus miradas lo decían a gritos a los que pasaban envidiando su dicha ficticia.

¿Y los que se acodan en la barra, los que fuman y bajan la vista, los que beben para atontarse, los que siguen a una mujer por la pasarela, los que deambulan por la calle toda la noche? Tampoco eran felices… Fernande había conocido a muchos que, en la habitación donde se juntaban, le pagaban, la miraban… Bajo todas aquellas apariencias, la misma angustia. Nadie se libraba. Las putitas del bulevar ahogan su tristeza en el éter. No tenían fuerzas para empezar, cada día, una existencia inútil, y las morfinómanas, las opiómanas, cada una con su vicio y sus pesares, afirmaban su desprecio, cada noche más amargo, del día siguiente.

En aquel infierno abigarrado de Montmartre, donde los negros vividores y desdeñosos, los macarras, los ojeadores, los embaucadores, los bohemios, los gigolós y las chicas se cruzan, se espolean, se denigran, se mezclan, Fernande se encontraba sola y, no sabiendo a quién confiarse, sentía cómo le invadía un cruel desencanto”.

Extracto de la novela “Juan El Palomo” (1912)

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