Karmelo C. Iribarren (1959)

TORMENTA DE VERANO

Están cogidos de la mano en silencio, bajo los soportales.

El niño mira su columpio, muy triste, bajo la lluvia, y no lo entiende.

El padre mira al niño: es la vida, hijo -quisiera poder decirle-, y no ha hecho más que empezar.

 

 

 

 

 

RETRATO DEL POETA ADOLESCENTE

Un paquete de tabaco,
un libro de poemas,
cuarenta duros
para tomar unas cervezas…

Poca cosa, es verdad:
pero para mí
era suficiente.

Y entonces aparecieron las mujeres.

 

LAS RESACAS

Las primeras tienen
su cosa, es cierto. Otra vez
con el trago en la mano,
uno se siente a gusto de sentirse
tan mal, de tener ese cuerpo,
de ser al fin el blanco
de miradas y risas (comentarios
jocosos, vacilones), ya sabes,
de sufrir como un hombre.

Luego vienen las otras,

las de siempre, las clásicas,
sin el encanto de la novedad,
las que uno ya conoce en su justa
medida, aburridas y tercas,
pegajosas, las que apenas
sorprenden, las que una mañana
te avisan que ojo al parche,
pero tú ni te enteras.

Las últimas resacas,

las auténticas, las de verdad,
las que ni risas ni miradas
que valgan, las del vómito
encima, las del asco
y las lágrimas, las del miedo
a vivir y a morir de repente,
las de la más absoluta soledad,

esas, amigo mío, mejor
que no las tengas que pasar.

 

YA ESTÁ

Ya poseemos
casi todo
lo que nos iba
a hacer felices.
Puede decirse
que lo hemos
conseguido.

Ya está.

Ahora solo
nos queda
comprobar
hasta qué punto
fuimos sinceros
con nosotros
mismos.

 

AL LÍMITE

Tienes veinte años,
tienes a la vida
por el cuello
a tu merced;

pero no es suficiente,
quieres más.

Conozco
esa sensación.
Y te deseo mucha suerte,
la vas a necesitar.

Karmelo Iribarren

TRAGICÓMICO

Es lo que tiene,
el amor:
empiezas siendo
el galán
protagonista
de una maravillosa
comedia,

y acabas
convirtiéndote
en un actor
sobrio,
serio,
de carácter,
solo que de tu
propia tragedia.

 

LA CHICA DE LA MARQUESINA

Sale de la marquesina y mira
hacia la izquierda;
vuelve y reinicia su pequeño
“claqueteo” nervioso.

No aguanta más, se muere, necesita
que llegue el autobús; la vida, todo
lo que ésta le tenga reservado.
Y lo necesita ya, ahora, esta noche de sábado.
Mañana es una entelequia, una ficción,
un planeta a años luz.

Y vuelve a salir y mira y se consume de deseo.
Es terriblemente desgraciada un segundo
y al siguiente -llega el autobús al fin- se ríe
y parece que amanece en el mundo.

Y yo la miro y pienso
que, aunque solo fuera por eso,
por esa fuerza, por sentir
lo que ahora mismo está sintiendo ella,
merece la pena vivir.

 

VIEJA BAJO LA TORMENTA

Tendría alrededor
de ochenta años,
estaba atascada en un semáforo,
como un barquito de vela
bajo la tormenta,
incapaz de gobernar
el paraguas.
Al final,
dando bandazos,
no sé cómo,
a la desesperada,
llegó hasta la otra acera.

La guerra la tenía perdida
-como todos-,
pero había ganado esa batalla.

 

A DISCRECIÓN

La radio
está encendida.
Suena
la pedorreta
de una moto
en algún sitio.
La ráfaga
de un coche
a cada rato.
Enciendo
otro cigarro.
Pienso
que no debería
fumar tanto.
Me río
pero no
me río.
Miro el televisor:
más masacres,
más fraudes,
más despidos.
¡Bah!
La mierda
de diario.
Saco
otro Camel.
Echo
una bocanada
gorda
de humo
y asco.
Pongo
en marcha
el PC.
Y, como quien
abre fuego
a discreción,
escribo.

 

COMO UN RASGUÑO EN EL ALMA

Un simple
comentario
a destiempo,
sin ninguna
intención.
Pero tuvo
que ser ese,
entre todos
los posibles.

Y la vida pasa…

Y no prescribe.

 

RITUAL SANGRIENTO

Dejo el periódico
sobre la barra.
Enciendo
un cigarrillo.
Tomo
el primer trago
de café.
Una calada,
y después
otra más fuerte.
Ya está.
Ya estoy en marcha
-me digo-,
ya puedo
hacerle frente a esta locura.
Ahora,
a ver si hay suerte
y algo me llega
al corazón.

 

ES INÚTIL BUSCARLO

Es inútil buscarlo. Cuando
menos lo esperas, aparece
en un bar. Y ya nada es
igual en adelante. Un día
tocas los dientes de la gloria,
y al siguiente te rompe
el corazón. O no. O quizás
tienes suerte, y solo
acabas harto de la felicidad.

 

Karmelo IribarrenMADRID, METRO, NOCHE

Gente
exhausta,
con la vista
clavada
en el suelo,

preguntándose
por la vida,
la de verdad…

porque no puede ser
que sea
solo eso…

 

MALOS TIEMPOS

Ándate con cuidado,
que no se entere nadie
de que lo pasas bien,
que tu vida funciona,
y eres feliz a ratos.

Hay gente que es capaz
de cualquier cosa,
cuando ve una sonrisa.

ESO ERA AMOR

Te veía
llegar,
cruzar la puerta,
darme un besazo en el morro,
mirarme a los ojos
de esa manera única,
como solo tú miras
a los ojos: rompiendo el calendario.

Te veía
hacer esas cosas sencillas
que tú haces
para que el mundo
entre en razón;

y no sabía
a quién
darle las gracias.

TOCANDO FONDO

El último salvavidas
al que suelo agarrarme
en estos casos,
el teléfono,
hoy tampoco me sirve.
Por mucho que ahora marque
los tres o cuatro números
de amigos disponibles,
es seguro
que no estarán en casa,
o que si están
me manden literalmente
a la mierda
sin mediar palabra
y cuelguen.
Supongo
que los tengo
-y con razón-
hasta los huevos
de mis ya preocupantes
borracheras,
y que el perdón
y los arrepentimientos
perdieron su efectividad
hace ya tiempo.
Supongo que es así.
Pero, con todo,
lo peor es que no recuerdo
nada.
No sé con quién estuve,
ni dónde,
ni a quién dije algo
lo suficientemente fuerte
como para acabar a golpes por el suelo
y que ahora me duela hasta pensar.
Lo que está claro,
en cualquier caso,
es que me dieron de hostias
-como suele decirse-
hasta en el carné de identidad.
Que, por cierto, he perdido.
Lo mismo que las llaves,
la chupa,
y un ejemplar de tapas duras de Hammett
con un breve poema
dedicado dentro
que pensaba regalarle a una mujer
para el día de su cumpleaños,
que es hoy.
En fin,
que estoy hecho unos zorros,
o un cromo,
o más tirao que un lapo,
o más jodido
que una perra puta.
Y lo más triste
y negro
y peligroso de esta historia
es que ya no me queda
ni siquiera
el coraje necesario
para ponerme delante
del espejo
y mentirme
-una vez más-
que, por mis muertos, esto se tiene que acabar.

 

LO DIFÍCIL

Enamorarse es fácil.

Uno puede enamorarse
-sin demasiado esfuerzo-
varias veces al día,
a nada
que se lo proponga
y se mueva un poco por ahí;
y si es verano,
mi te cuento.

Enamorarse no tiene
mayor mérito.
Lo realmente difícil
-no conozco
ningún caso-
es salir entero
de una historia de amor.

 

LOS GATOS

Lentos
por las aceras,
inmóviles
en las repisas,
aovillados
en los sofás,

nos miran,
nos observan,
nos escrutan.

Llevan
miles de años
haciéndolo.

Y siguen
marcando
las distancias.

 

LA COBARDÍA AL FINAL PASA FACTURA

A veces
-cuando observa en los bares
la sana desvergüenza de los jóvenes-,
los rescoldos
de una oscura pasión avivan su mirada.

Y ni siquiera entonces
puede recordar sin sentirse culpable.

 

EL AMIGO

Llora cuanto quieras
sobre mi hombro,
desahógate,
cuenta conmigo
para lo que haga falta.

Pero no te equivoques,
no soy mejor que él:
le envidio
cada una
de tus lágrimas.

 

EL TIEMPO, YA TODO SE COMPRENDE

Como a veces
nos viene a la memoria
algo sin importancia
que dejamos
para el día siguiente
hace ya tiempo,

he recordado,
viejo amor,
cuánto te quise.

 

SU AUSENCIA

De aquí
a un tiempo,
puede
que llegue a ser
como vivir
en una ciudad que no te gusta
sabiendo
que nunca podrás
abandonarla;
pero eso,
en los mejores días.

 

LOS VIEJOS CAMARADAS

Alegra esa cara,
hombre
-dicen, dándote una
palmadita en la espalda-,
hay que ser más
optimista,
tú al menos puedes
contarlo, ¿no?,
otros no tienen tanta suerte.

Y luego miran enseguida
el reloj,
y se van.
No vaya a ser
que se lo cuentes.

 

EL AMOR

Como el viento que encuentra
una rendija
y se cuela en la habitación
y lo desordena todo
libros
facturas
poemas
así llega
en la vida
el amor.

Nada es igual a partir de entonces,
ese caos
es la felicidad.

Pero un día habrá que recoger.

Suerte si no te toca a ti.

 

EN EL TREN

Hace unos minutos
que ha recibido la llamada,
y desde entonces no ha soltado el pañuelo

Qué tristes
son las lágrimas de un viejo,
te desarman,
te dejan sin opción.

Solo puedes imaginarte lo peor.

 

COSAS DE LA EDAD

Cosas de la edad,
supongo:
te da
por mirar
atrás,
hacia tu vida,
y ves
que no ha sido
en el fondo
más que un puñetero
fraude.

Y después
-para joderlo
del todo-,
no se te ocurre
otra cosa
que mirar
hacia adelante.

 

VALORES EN ALZA

No solo eres guapo,
fuerte y listo,
sino que además
de conciencia
ni una pizca

Enhorabuena,
amigo:
este mundo
está hecho
a tu medida.

 

CONVIENE NO OLVIDARLO

No hay nada
gratis. Ni siquiera
lo que es gratis es gratis de verdad.
Siempre
te lo descuentan
de algún sitio.

 

LO DEMÁS SON HISTORIAS

Mi mujer y mi hija,
estas paredes y estos libros,
un puñado de amigos
que me quieren
-y a los que quiero de verdad-,
las olas del Cantábrico
en septiembre,
tres bares, cuatro
con el garito de la playa.
Aunque sé que me dejo
algunas cosas, puedo decir
que, de ser algo, ésa es mi patria.
Lo demás son historias.

 

Karmelo Iribarren (2)VENCIDO

Vencido, una vez más. Por el amor,
el odio, o por la vida
que no hace concesiones
ni da treguas. Aquí,
en la esquina de un siglo
tan inútil como lo fueron
todos. Y también
tan sanguinario. Fumando
un cigarrillo. Indiferente. Viendo
cómo la gente se destroza,
y sin sentir nada especial.

 

 

INTUICIÓN DEL FRÍO

No es el de la niñez,
aquellas mañanas de diciembre,
a lo largo del río,
hacia el colegio.

Ni se trata tampoco de aquel otro
que te sorprendería
años después
más de una madrugada
dando tumbos.

No, este es distinto, este
da miedo:
viene
del futuro.

 

LAS MUJERES

No sé qué tienen
(además de lo que tienen), pero
sin duda
es mágico.
Capaces,
con un mínimo gesto,
de hacerte desear
no haber nacido nunca
en un instante
y que al siguiente te arrojes
a sus pies, pasan
siempre de largo.
Sus miradas
desarman.
Sus caricias
te pueden reducir a un pobre imbécil.
Son como el alumbrado
de la vida.
Las mujeres.
Lo máximo.

 

COMO TÚ

Mujeres como tú
son las que consiguen
que se declaren
las guerras
y que algún general
que otro
llegue incluso
a escuchar
el silbido
de las balas.

 

SEGURO QUE ESTA HISTORIA TE SUENA

Al fondo de la barra
una mujer; una
mujer en principio
como tantas: que fuma,
bebe, ríe, charla, y se echa
la melena para atrás;
ya digo, como tantas.

Hasta que su
mirada se cruza acaso
con la tuya
-o a ti te lo parece-,
y por un breve
instante
el tiempo se detiene,
y esa mujer es única,
y todo cambia,
y todo puede pasar.

Todo.

También
-como sucede
casi siempre-,
absolutamente nada.

 

LA MUJER DE MIS SUEÑOS

En todas las ciudades
que he pisado
me ha parecido verte:

un autobús que arranca
y que no cojo,
o un ascensor cerrándose,
o doblando una esquina hacia
la noche,
o al fondo,
entre humo y voces,
de un bar de madrugada…

En cualquier sitio, siempre,
tu imagen que aparece
y desaparece.

 

SEÑOR

No es que moleste
en sí, pero
cuesta acostumbrarse.

Eso de que vayas
por ahí
tranquilamente
y se te acerque
una chavala
y te diga:
“¿Tiene hora señor?”,

Eso de que te saquen
de la pista
con tanta educación,
no es fácil de asumir,
qué duda cabe.

 

HISTORIA APENAS ENTREVISTA

Acaba
de cruzar
frente a mi parabrisas.
Es ella.
La recuerdo
muy bien.
Siempre con algún libro
de Simone de Beauvoir
(“Acabemos con la tiranía de la belleza”
y ese tipo de historias).
Luego, un día,
desapareció. Se fue a vivir
con un viejo economista.
Se ha pasado
al enemigo,
dijeron unas.
Ya se sabe,
el dinero tiene imán,
dijeron otras…
Pero no.
Sucedió algo
mucho más sencillo.
Tanto
que fue ella misma
la primera
sorprendida:
Se enamoró.

 

EL FUTURO

El futuro es vuestro,
chavales,
decían,
como quien te dice
que te ha tocado algo,

¡El futuro!
Menudo
fraude:
letras y letras
y más letras de Banco,
o la puta calle.

 

POR QUÉ NO

Esta noche, por lo que a mí
respecta bien podría saltar
el mundo en mil pedazos.
Por qué no. Y nosotros con él.
Acabar. Echarle de una vez
-y para siempre- el telón
a este teatro, a esta absurda
comedia. Al menos, tendría
su razón de ser otra cerveza.

 

DE COPAS CON CIORÁN

Con los días contados,
chaval, así vivimos
todos. Esperando
a que nos tachen
de la lista. Distrayendo
la espera con tragos
y canciones. No hay más.
Puedes llorar o morirte
de risa. Como prefieras.

 

SUPERVIVENCIA

Uno siempre espera
que suceda algo,
que algo bueno suceda,
algo que le dé un giro brusco,
un empujón, un bandazo
de suerte a su vida
de repente, porque sí,
en el momento más inesperado.

Pero no pasa nada, claro,
nunca pasa nada.
Porque uno no es más que un pobre
diablo (qué te creías, pues),
un número, una fecha,
un papel olvidado en un sótano
tétrico, traspapelado
entre millones de papeles.

Y al final, uno, qué remedio,
acaba aceptando que es así,
asume el fracaso,
se mira en el espejo y se da risa
(o llora, pero muy bajo),
se dice que la vida…, en fin,
que no hay nada que hacer,
y ni siquiera se queja, para qué.

Uno ya solo quiere llegar
al día siguiente, sin
sobresaltos, poder ver a su
equipo por la tele el sábado, fumar
menos, dormir bien, echar
de vez en cuando un trago, cumplir años,
seguir vivo…, sin más.

Karmelo-C.-Iribarren

AHORA

Después de haber visto
el mundo, a través
de una botella, durante
más de quince años,
ahora -pasada ya la cumbre de la ruina,
firme en el otro lado-,
puedo decir al fin y digo
que es verdad: el amor
es un invento necesario.

 

EN LA SOMBRA

Cuídate mucho
de los que solo miran,
de los que siempre
están detrás,
de esos a los que nunca
se dirige nadie.

Cuídate
mucho de ellos.
Con el tiempo
-si pueden-,
te buscarán para vengarse.

 

LA VIDA, OTRA VEZ, SIEMPRE

La vida es
como rellenar
un pliego
de descargo:
nunca te hace caso
ni dios.
Siempre te falta
alguna póliza,
algún dato,
alguna cifra,
algún papel.
Siempre se guardan
alguna carta,
en la manga,
para finalmente
poder seguir
jodiéndote.

 

SI NO FUESE POR ESTOS MOMENTOS, ¿EH?

Un heavy borracho,
con la chustarra
del canuto
apagada
en los labios,
balbuceándome
que si le dejo poner
un cartel en la puerta,
que son un grupo guapo,
Los Nervios,
y que tocan el viernes 23
a las 11:45
y que no falte.

Y yo diciéndole
que de qué mes
porque hoy es sábado 24,
y a mí
antes de las 7
no me vacila
ni mi padre.

 

UNA MUJER

Una mujer
a la que no solo
no le falta
de nada, sino
que tiene para dar y tomar
de todo lo que a los hombres
-por mucho que digamos
lo contrario-
tanto nos gusta
en las mujeres:
feminidad, sutileza,
clase, buen humor,
ternura,
y una carcasa alucinante.

Ésa eres tú.

 

EL ERROR HUMANO

Llevamos cometiendo
los mismos errores
desde el origen
remoto
de la especie.
No parece haber
remedio para esto:
ni humano
ni divino.

Y me pregunto
si la única
solución
posible
no estará
precisamente ahí,
en seguir cometiéndolos
hasta sus últimas
consecuencias,
en tensar esta locura
hasta más allá del límite,
hasta que desaparezcamos
todos
de la faz de la tierra
en un festín
brutal
de sangre
y semen
de una maldita vez
y para siempre.

 

Iribrren KarmeloNADA, UN ESPEJISMO

Lucía el sol, el aire
estaba limpio,
había descansado
diez horas de un tirón,
el camarero me miró
como si fuese otra persona,
el café no me sentó
como un tiro…

Pero ¿qué estaba pasando?
Miré al fondo, unos tipos
a punto de ser estrangulados
por sus corbatas, de esos
que mueven “kilos”
chasqueando los dedos,
con su sola presencia
se encargaron de poner
las cosas en su sitio.

 

ESTO ES EL ACABÓSE

No queda nada
ya,
ni respeto,
ni valores
morales,
ni nada
-dicen-,

esto es
el acabóse,
esta sociedad
está en estado
terminal
-apostrofan-;

y siguen
invirtiendo
en bolsa.

 

UNOS VIEJOS

Tendrías
que haberlos visto,
ahí,
en el parque,
en el único banco
al sol,
quietos,
como efigies,
observándolo todo,
hasta el más mínimo detalle,
como si fuese irrepetible.

 

ELLA

A veces
dejo de teclear
unos instantes

y pienso
en ella

lenta
pero indetenible

como un glaciar
en la noche.

 

VUELVE A INTENTARLO

Esas mañanas de domingo
en invierno,
a primera hora:

las calles recién regadas,
el aire fresco,
limpio,
el olor a cruasán de las cafeterías,
la locura
de los pájaros…

Como si la vida
te dijese:
mira, aquí me tienes,
vuelve a intentarlo.
Poemas extraídos del libro “Seguro Que Esta Historia Te Suena. Poesía Completa, 1985-2012”

Giacomo Leopardi (1798-1837)

GIACOMO LEOPARDI

“Os declaro formalmente que no me someto a mi infelicidad ni doblo la cerviz ante el destino ni pacto con él, como hacen muchos de mis semejantes. Tengo la osadía de desear la muerte y desearla por encima de todas las cosas, con tanto ardor y tanta sinceridad, como creo firmemente que pocos la apetecen en el mundo. No os hablaría así si no estuviera perfectamente convencido de que, llegada la hora, los hechos no van a desmentir mis palabras. Porque aunque yo no vea aún el fin de mi vida, tengo en lo profundo de mi alma la impresión, casi la seguridad, de que mi hora no está muy lejana. Estoy demasiado maduro para la muerte. Me parece demasiado absurdo e increíble tener que durar aún cuarenta o cincuenta años (con tantos me puede amenazar la naturaleza) cuando me siento como muerto espiritualmente, y concluida en mí, en todos sus aspectos, la fábula de la vida. Esta sola amenaza me estremece. Pero como nos sucede con todos los males que vencen, por decirlo así, la fuerza de la imaginación, todo esto me parece un sueño y una ilusión imposible de realizar. Es más, si alguien me habla de un porvenir lejano como cosa que me pertenece, no puedo menos que sonreír para mis adentros; tan grande es mi confianza en que el camino que me queda no es largo. Este único pensamiento, puedo decirlo, me sostiene.

Libros y estudios que a veces me sorprendo de haber amado tan intensamente, grandes proyectos y esperanzas de gloria e inmortalidad, son cosas de las cuales he dejado hasta de reírme. De los planes y esperanzas de este siglo no me río: deseo para ellos con toda el alma la mejor ventura. Alabo, admiro y honro sincera y profundamente toda buena voluntad; pero no tengo ninguna envidia a los descendientes ni a los que hayan de vivir largo tiempo. En otros tiempos envidié a los tontos, a los estúpidos, a los que tienen gran concepto de sí mismos. Gustoso me hubiera cambiado por uno de ellos. Hoy ya no envidio ni a los tontos, ni a los sabios, ni a los grandes ni a los pequeños, ni a los débiles, ni a los poderosos. Envidio tan solo a los muertos y únicamente por ellos me cambiaría. Toda imagen placentera, toda idea del porvenir que yo me forjo, que vive en mi soledad y me sirve para pasar el tiempo, se refiere tan solo a la muerte, y no se aleja de ella.

En este deseo, los recuerdos y los sueños de la niñez y el pensamiento de haber vivido inútilmente ya no me perturban, como solían. Si alcanzo la muerte, moriré tan tranquilo y contento como si nunca hubiese esperado y deseado otra cosa en el mundo. He aquí el único beneficio que puedo conciliarme con mi destino. Si me ofreciesen por un lado la fortuna y la gloria de César o de Alejandro Magno, limpias de toda mancha, y por otro morir hoy mismo y tuviese que elegir, diría: ‘¡Morir hoy!’ No quisiera ni tener tiempo para decidirme”.

“Últimas Palabras De Tristán A Un Amigo” (“Opúsculos Morales”, 1827)

Joseph Conrad (1857-1924)

“El tramo era angosto, recto, con altos bordes, como terraplenes de ferrocarril. El crepúsculo fue deslizándose sobre él antes de que el sol se hubiera puesto. La corriente fluía mansa y rápidamente, pero una muda inmovilidad cubría las márgenes. Los árboles vivientes, aprisionados por las enredaderas y por cada uno de los arbustos de la maleza, podrían haber sido convertidos en piedras, hasta la rama más delgada, hasta la hoja más liviana. No era un sueño; aquello parecía innatural, como un estado de trance. No podía oírse ninguna clase de ruido, ni aun el más débil. Uno miraba pasmado y empezaba a sospechar si no estaría sordo. En esto se hizo la noche repentinamente, y nos dejó también ciegos. Hacia las tres de la madrugada saltó un gran pez, y el fuerte choque del agua me hizo brincar como si un arma hubiera sido disparada. Cuando salió el sol había una niebla blanca, muy cálida y pegajosa, y más cegadora que la noche. Ni se movía ni avanzaba, simplemente estaba allí, rodeándole a uno como algo sólido. A las ocho o a las nueve tal vez, se levantó como se levanta una persiana. Pudimos echar una ojeada a la multitud de altísimos árboles, a la inmensa y enmarañada selva sobre la que estaba suspendida la resplandeciente bola de sol, todo en perfecta quietud; y entonces la blanca persiana cayó de nuevo, suavemente, como escurriéndose por rieles engrasados. Ordené que la cadena, que habíamos comenzado a halar, fuera arrojada de nuevo. Antes de que terminara de correr, con sus sordo rechinar, un grito, un grito muy fuerte, como de desolación infinita, se fue elevando lentamente en el aire opaco. Cesó. Un clamor quejumbroso, modulado en salvajes disonancias, lleno nuestros oídos. Lo inesperado de aquel grito hizo que el cabello se me erizara bajo la gorra. No sé qué impresión les causó a los demás; a mí me pareció como si la propia bruma hubiera gritado, tan repentinamente había surgido aquel ruido tumultuario y luctuoso, procedente, al parecer, de todas partes a la vez.  Culminó en un estallido precipitado de chillidos excesivos y casi insoportables que al poco tiempo cesaron, dejándonos paralizados en una variedad de estúpidas posturas, y escuchando obstinadamente el silencio, casi igual de excesivo y espantoso. ‘¡Dios mío! ¿Qué significa?’, balbució a mi lado uno de los peregrinos, un hombrecillo grueso, de pelo rubio y patillas pelirrojas, que llevaba botas con suela de goma y un pijama de color rosa remetido en los calcetines. Otros dos permanecieron boquiabiertos durante todo un minuto, y después se abalanzaron hacia la pequeña cabina, para volver a salir precipitadamente  y sin control al instante y quedarse de pie lanzando miradas asustadas, apuntando con los Winchesters. Lo único que lográbamos ver era el vapor sobre el que nos hallábamos, su contorno borroso, como si estuviera a punto de disolverse, y una franja brumosa de agua, de quizá dos pies de anchura, a su alrededor; y eso era todo. El resto del mundo no estaba en parte alguna por lo que a nuestros ojos y oídos se refería. En parte alguna. Se había esfumado, desaparecido; había sido barrido sin dejar detrás ni un susurro ni una sombra”.

Extracto de la novela “El Corazón De Las Tinieblas” (1899) 

John Fante (1909-1983)

“Mona y mi madre estaban ya acostadas. Mi madre roncaba suavemente. El sofá de la sala estaba abierto, la cama hecha y la almohada ahuecada. Me desnude y me acosté. Pasaron los minutos. No podía dormir. Me puse boca arriba y luego de lado. Luego probé boca abajo. Pasaron más minutos. Los oía en el tictac del reloj que tenía mi madre en el dormitorio. Pasó media hora. Seguía totalmente despierto. Me di la vuelta y noté un dolor en el alma. Algo iba mal. Pasó una hora. Me irritaba ya aquello de no poder dormir, y empecé a sudar. Aparté las mantas a puntapiés y me quedé acostado, tratando de pensar algo. Tenía que levantarme temprano. No rendiría en la fábrica si no descansaba debidamente. Pero tenía los ojos pegajosos y me picaban cuando los cerraba.Era por aquella mujer. Era por el bamboleo de su forma avanzando por la calle, la entrevista blancura de su tez enfermiza. La cama se me hizo insoportable. Di la luz y encendí un cigarrillo. Me quemó la garganta. Lo tiré y decidí dejar de fumar para siempre. Otra vez quise dormir. Di más vueltas. Aquella mujer. ¡Cuánto la amaba! Su encogimiento, la piel de su cuello, la carrera de su media, el sentimiento en mi pecho, el color de su abrigo, la fugacidad de su cara, el hormigueo de mis dedos, la estela que dejaba andando por la calle, la frialdad de las centelleantes estrellas, la calidez del cuarto creciente , el sabor de la cerilla, el olor del mar, la suavidad de la noche, los estibadores, el impacto de las bolas de billar, las ráfagas de música, su encogimiento, la música de su taconeo, su andar perseverante, el viejo con el libro, la mujer, la mujer, la mujer.

Tuve una idea. Aparté las mantas y salté de la cama. ¡Qué idea! Me cayó encima como un alud, como una casa que se derrumba, como un vidrio que se rompe. Estaba ardiendo y desquiciado. Había papel y lápices en el cajón. Los saqué y corrí a la cocina. En la cocina hacía frío. Encendí la estufa y abrí la trampilla. Sentado y desnudo, me puse a escribir…”.

Fragmento de la novela “Camino De Los Ángeles” (escrita en 1936 y editada en 1983)

Julio Cortázar (1914-1984)

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y
yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.

Fragmento de la novela “Rayuela” (1963)

Luis Cernuda (1902-1963)

“Te lo he dicho con el viento,
jugueteando tal un animalito en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;

te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;

te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
Más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido”.

“Te Quiero”. Poema extraído del libro “Los Placeres Prohibidos” (1931)

Luis Buñuel (1900-1983)

“La realidad, sin imaginación, es la mitad de realidad”.

-“La libertad es un fantasma. Esto lo he pensado seriamente y lo creo desde siempre. Es un fantasma de niebla. El hombre lo persigue, cree atraparlo, y solo le queda un poco de niebla entre las manos”.

-“De mis obsesiones no me preocupo. ¿Por qué crece la hierba en el jardín? Porque está abonado para eso”.

-“Me parecen muy atractivos unos muslos por los que chorrea algo viscoso, porque la piel se hace más cercana, parece que no solo estamos viéndola, sino además tocándola”.

-“Dadme dos horas de actividad al día y me pasaré las veintidós restantes soñando”.

-“El sueño es indirigible. No se ha descubierto su secreto. Ojalá pudiera yo orientar mis sueños según mis deseos. Entonces… no me despertaría nunca”.

-“El surrealismo no era para mí una estética, un movimiento de vanguardia más, sino algo que comprometía mi vida en una dirección espiritual y moral. No pueden ustedes imaginarse la lealtad que exigía el surrealismo en todos los aspectos”.

-“No nos importaba si el cine era arte o no. Eso sí, nos gustaban el humor y la poesía que encontrábamos en él”.

-“Dejé de ser religioso en la adolescencia. pero, ¿creen ustedes que no tengo todavía en mi forma de pensar muchos elementos de mi formación cristiana? Entre otras muchas cosas, una ceremonia en honor de la Virgen, con las novicias con sus hábitos blancos y su aspecto de pureza, puede conmoverme profundamente”.

-“De todos los seres humanos que he conocido, Federico (García Lorca) fue el mejor. No me refiero a sus obras de teatro ni a su poesía, sino a él como persona. Él era su obra maestra”.

-“Los niños y los enanos han sido los mejores actores de mis películas”.

-“Dalí me dijo: ‘Yo anoche soñé con hormigas que pululaban en mi mano’. Y yo: ‘Hombre, pues yo he soñado que le cortaba el ojo a alguien’. En seis días escribimos el guión. Estábamos tan identificados que no había discusión”.

-“Yo no creo en el progreso social. Solo puedo creer en unos pocos individuos excepcionales de buena fe aunque fracasen, como Nazarín”.

-“El misterio es el elemento clave en toda obra de arte”.

-“Se proyectaba ‘Un Perro Andaluz’ y yo manejaba el gramófono. Arbitrariamente ponía aquí un tango argentino, allá ‘Tristán e Isolda’. Al terminar me proponía hacer una demostración surrealista, tirándole piedras al al público. Me desarmaron los aplausos”.

-“El amor sin pecado es como el huevo sin sal.”

-“He conocido burgueses encantadores y discretos.¿Ustedes creen que todo lo que ha aportado la burguesía es malo? No. Algo habrá que conservar de ella”.

-“Filmo para el público habitual y para los amigos, para los que van a entender tal o cual referencia, más o menos oscura para los demás. Pero procuro que estos últimos elementos no entorpezcan el discurso de lo que estoy contando”.

-“Dalí sedujo a muchas mujeres, en especial a mujeres norteamericanas; pero estas seducciones acostumbraban habitualmente a consistir en hacerlas acudir a su apartamento, desnudarlas, freír un par de huevos, colocarlos en los hombros de la mujer y ponerla de patitas en la calle sin haber articulado ni una sola palabra.”

-“La moda es la manada; lo interesante es hacer lo que a uno le da la gana”.

-“En Sade descubrí un mundo de subversión extraordinaria, en el que entra todo: desde los insectos hasta la sociedad humana, el sexo, la teología. En fin, me deslumbró realmente”.

-“Todos somos un poco fetichistas. Aunque algunos exageran, ¿no?”.

-“Estoy en contra de la caridad del tipo cristiano. Pero luego, si veo a un pobre hombre que me conmueve, le doy cinco pesos. Si no me conmueve, si me parece antipático, no le doy anda. Entonces, no se trata de caridad”.

-“Me gusta acostarme y levantarme temprano, en eso soy antiespañol”.

-“Los gallos o las gallinas forman parte de muchas ‘visiones’ que tengo, a veces compulsivas. Es inexplicable, pero el gallo y la gallina son para mi seres de pesadilla”.

-“Soy ateo, gracias a Dios”.

-“Una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba”.

El grueso de estas citas proceden de la edición española del libro “Luis Buñuel” (Bill Krohn. Taschen, 2005)

Christiane F. (1962)

“Detlef, pues, estaba tan decidido a empezar la cura como yo. Parecía contento de que las cosas hubieran sucedido de ese modo. No teníamos la menor idea, como tampoco la tenían nuestros padres, de que es una auténtica locura que dos drogadictos amigos intenten dejar la droga conjuntamente. Uno u otro acaban por arrastrar al compañero y terminan inyectándose de nuevo. Es posible que lo hubiéramos oído decir a alguien, pero nos hacíamos ilusiones y creíamos que con nosotros no regían las mismas leyes que con los otros yonkis. Por otra parte no podíamos ni pensar en hacer algo importante por separado.

A la mañana pudimos mantenernos a flote con las píldoras que nos había dado el padre de Detlef. Nos pusimos a hablar de nuestro futuro, y a pintárnoslo de color de rosa una vez que hubiéramos dejado la droga. Nos prometimos mutuamente ser valientes hasta el límite en los próximos días. Pese a que comenzaron los dolores, nos sentíamos todavía muy dichosos.

Por la tarde las cosas se pusieron mucho más difíciles. Tomábamos píldora tras píldora y bebíamos vino sin cesar. Pero nada nos ayudaba. De pronto perdí el control de mis piernas, y una enorme presión me atenazó la articulación de la rodilla. Me tumbé en el suelo y estiré las piernas a todo lo largo. Traté de tensar y distender los músculos, pero no podía controlarlos. Apreté las piernas contras el armario, apoyándome con fuerza sobre las plantas de los pies para poder conservar los pegados al armario.

"Yo, Cristina F."

Portada de la edición española del libro (Círculo de Lectores, 1980)

Estaba empapada de un sudor helado. Tiritaba de frío y ese frío sudor me corría por el rostro y se me metía en los ojos. El sudor apestaba como si fuera de un animal sucio. Pensé que era el repugnante veneno que salía de mi cuerpo. Me sentía como si estuviera sometida a un auténtico exorcismo para arrojar a un demonio de mi cuerpo.

Detlef aún estaba peor que yo. Era víctima de convulsiones. Temblaba de frío y sin embargo se despojó de su jersey. Se sentó en la silla de mi cuarto junto a la ventana sus piernas se movían constantemente, como si corriera sentado. Con movimientos agitado
s, aquellas piernas delgadas como alambres iban de un lado para otro. Se quejaba en vos baja y no cesaba de limpiarse el sudor del rostro. Aquello era algo más que un temblor. Se encogía sobre sí mismo y no dejaba de gritar. Tenía espasmos en el estómago.

Detlef olía aún peor que yo. Mi pequeño dormitorio estaba inundado del apestoso olor de nuestros cuerpos. Recordé haber oído decir que si dos drogadictos se someten juntos a una cura de desintoxicación, su amistad queda destruida para siempre. Pensé que yo continuaba queriendo todavía a Detlef a pesar de ese mal olor que salía de todos los poros de su cuerpo.

Detlef se levantó y, no sé cómo, pudo llegar hasta el espejo que colgaba de una pared de mi cuarto.

-!No puedo resistirlo más! -exclamó-. No, no, sé que no podré resistirlo.

Yo, Cristina F." (Ulrich Edel, 1981)

Fotograma de la película “Yo, Cristina F.” (Ulrich Edel, 1981)

No pude responderle nada. Me faltaban fuerzas para darle ánimos. Apenas las tenía para tratar de no pensar como el. Quise concentrarme en la maldita novela de terror que estaba leyendo, hojeé un periódico y con mi nerviosismo acabé por desgarrarlo. Tenía la boca y la garganta totalmente secas, pese a que la boca estaba llena de saliva. No pude tragarla y comencé a toser. Mientras más espasmódicamente trataba de tragarme esa saliva, más violenta se hacía mi tos, que pronto se volvió en continuada y me hizo devolver. Lo hice encima de la alfombra. Era una espuma blanca. Como mi cachorro dogo cada vez que comí hierba, pensé. La tos y las náuseas no cesaban.

"Yo, Cristina F."

Póster de la película “Yo, Cristina F.” (Ulrich Edel, 1981)

Mi madre pasó la mayor parte del tiempo en el cuarto de estar. Las veces que entraba a vernos no sabía qué hacer. Iba una y otra vez al supermercado para adquirir cosas que no podíamos tragar. En una ocasión me trajo caramelos de malta que, realmente, nos aliviaron. Cesó la tos. Mi madre limpió nuestros vómitos. Estaba extremadamente cariñosa y amable con nosotros. Y yo ni siquiera podía darle las gracias.

Las píldoras y el vino comenzaron a hacer efecto. Me había tomado Valium 10, dos Mandrax y, además, me bebí casi una botella de vino. Con todo eso, una persona normal se hubiera pasado durmiendo dos días seguidos. Pero mi cuerpo estaba tan envenenado por la droga que apenas reaccionó ante este nuevo veneno. No obstante, me sentí un poco más tranquila y me eché en la cama. Junto a ella habíamos colocado un catre en el que se acostó Detlef. No nos tocamos. Cada uno tenía bastante con ocuparse de sí mismo. Yo me sentía invadida por una semisoñolencia. Dormía y, al mismo tiempo, notaba los terribles dolores. Soñaba y reflexionaba. Sueños y pensamientos se mezclaban y se confundían entre sí. Pensaba que todo el mundo, principalmente mi madre, podía ver en mi interior, que podía leer mis tétricos y sucios pensamientos. Que podía ver qué repugnante basura estaba hecha. Odiaba mi cuerpo. Me hubiera sentido satisfecha de que se me muriera para librarme de él.

Fotograma de la película "Yo, Cristina F." (Ulrich Edel, 1981)

Fotograma de la película “Yo, Cristina F.” (Ulrich Edel, 1981)

Por la noche me tomé unas cuantas pastillas más. Hubieran bastado para acabar con una persona normal. A mí, únicamente me  hicieron dormir durante algunas horas. Me desperté después de haber soñado que era un perro que siempre estuvo bien tratado por sus dueños y que de pronto se veía encerrado en una perrera y atormentado hasta la muerte. Detlef hizo un violento movimiento con el brazo y me golpeó sin querer. La luz estaba encendida. Junto a mi cama había una jofaina llena de agua y una toalla que mi madre había dejado. Me limpié el sudor de la cara. El cuerpo de Detlef se movía sin cesar, pese a que parecía dormir profundamente. Se agitaba de un lado a otro, las piernas no cesaban de patalear y en ocasiones se golpeaba con los brazos.

Fotograma de la película "Yo, Cristina F." (Ulrich Edel, 1981)

Fotograma de la película “Yo, Cristina F.” (Ulrich Edel, 1981)

Yo me encontraba mejor. Tuve fuerzas suficientes para limpiar la frente de Detlef con una toalla. Él no pareció notarlo. Supe en esos instantes que lo seguía amando con locura…”.

Extracto del libro “Christiane F. Hijos De La Droga” (Kai Hermann, Horst Rieck & Vera Christiane Felscherinow, 1979)

Tucídides y la peste de Atenas (430 a.C.)

“Así se celebraron los funerales en este invierno, transcurrido el cual terminó el primer año de esta guerra. Ya tan pronto como comenzó el verano, los peloponesios y sus aliados, con dos tercios de sus fuerzas, invadieron, como la primera vez, el Ática; los mandaba Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios. Y después de tomar posiciones procedieron a devastar el territorio. No hacía aún muchos días que estaban en el Ática cuando comenzó a declararse por primera vez entre los atenienses la epidemia, que, según se dice, ya había hecho su aparición anteriormente en muchos sitios, concretamente en la parte de Lemnos y en otros lugares, aunque no se recordaba que se hubiese producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas. Los médicos nada podían hacer, pues desconocían la naturaleza de la enfermedad y además fueron los primeros en tener contacto con los enfermos y, por tanto, en morir. La ciencia humana se mostró incapaz; en vano se elevaban oraciones en los templos y se dirigía ruegos a los oráculos. Finalmente, todo fue olvidado ante la fuerza de la epidemia.

Apareció por primera vez, según se dice, en Etiopía, la región situada más allá de Egipto, y luego descendió hacia Egipto y Libia y a la mayor parte del territorio del rey. En la ciudad de Atenas se presentó de repente y atacó primeramente a la población del Pireo, por lo que circuló el rumor entre sus habitantes de que los peloponesios habían echado veneno en los pozos, dado que todavía no había fuentes en la localidad. Luego llegó a la ciudad alta, y entonces la mortandad ya fue mucho mayor. Sobre esta epidemia, cada persona, tanto si es médico como si es profano, podrá exponer, sin duda, cuál fue, en su opinión, su origen probable así como las causas de tan gran cambio que a su entender, tuvieron fuerza suficiente para provocar todo el proceso. Yo, por mi parte, describiré cómo se presentaba; y los síntomas con cuya observación, en el caso de que un día sobreviniera de nuevo, se estaría en las mejores condiciones para no errar en el diagnóstico, al saber algo de antemano, también voy a mostrarlos, porque yo mismo padecí la enfermedad y vi personalmente a otros que la sufrían.

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“Plague in Athens” (Stanley Meltzoff)

Aquel año, como todo el mundo reconocía, se había visto particularmente libre de de enfermedades en lo que a otras dolencias se refiere; pero si alguien había contraído ya alguna, en todos los casos fue a parar a ésta. En los demás casos, sin embargo, sin ningún motivo que lo explicase, en plena salud y de repente, se iniciaba con una intensa sensación de calor en la cabeza y con un enrojecimiento e inflamación en los ojos; por dentro, la faringe y la lengua quedaban en seguida inyectadas, y la respiración se volvía irregular y despedía un aliento fétido. Después de estos síntomas, sobrevenían estornudos y ronquera, y en poco tiempo el mal bajaba al pecho acompañado de una tos violenta; y cuando se fijaba en el estómago, lo revolvía y venían vómitos con todas las secreciones de bilis que han sido detalladas por los médicos, y venían con un malestar terrible. A la mayor parte de los enfermos les vinieron también arcadas sin vómito que les provocaban violentos espasmos, en unos casos luego que remitían los síntomas precedentes y, en otros, mucho después. Por fuera el cuerpo no resultaba excesivamente caliente al tacto, ni tampoco estaba amarillento, sino rojizo, cárdeno y con un exantema de pequeñas ampollas y de úlceras; pero por dentro quemaba de tal modo que los enfermos no podían soportar el tacto de vestidos y lienzos muy ligeros ni estar de otra manera que desnudos, y se habrían lanzado al agua fría con el mayor placer. Y esto fue lo que en realidad hicieron, arrojándose a los pozos, muchos de los enfermos que estaban sin vigilancia, presos de una sed insaciable; pero beber más o menos daba lo mismo. Por otra parte, la imposibilidad de descansar y el insomnio los agobiaban continuamente. El cuerpo, durante todo el tiempo en que la enfermedad estaba en plena actividad, no quedaba agotado, sino que resistía inesperadamente el sufrimiento; así, o perecían, como era el caso de la mayoría, a los nueve o a los siete días, consumidos por el calor interior, quedándoles todavía algo de fuerzas, o, si conseguían superar esta crisis, la enfermedad seguía su descenso hasta el vientre, donde se producía una fuerte ulceración, a la vez que sobrevenía una diarrea si mezclar, y, por lo común, se perecía a continuación a causa de la debilidad que aquélla provocaba. El mal, después de haberse instalado primero en la cabeza, comenzando por arriba recorría todo el cuerpo, y si uno sobrevivía a sus acometidas más duras, el ataque a las extremidades era la señal que dejaba: afectaba, en efecto, a los órganos genitales y a los extremos de las manos y los pies; y muchos se salvaban con la pérdida de estas partes,y algunos incluso perdiendo los ojos. Otros, en fin, en el momento de restablecerse, fueron víctimas de una amnesia total y no sabían quiénes eran ellos mismos ni reconocían a sus allegados.

peste_greciaLa naturaleza de esta enfermedad fue tal que escapa sin duda a cualquier descripción; atacó a cada persona con más virulencia de la que puede soportar la naturaleza humana, pero sobre todo demostró que era un mal diferente a las afecciones ordinarias en el siguiente detalle: las aves y los cuadrúpedos que comen carne humana, a pesar de haber muchos cadáveres insepultos, o no se acercaban, o si los probaban perecían. Y he aquí la prueba: la desaparición de este tipo de ave fue notoria, y nos se las veía ni junto a ningún cadáver ni en ningún otro sitio; los perros, en cambio, por el hecho de vivir con el hombre, hacían más fácil la observación de los efectos.

Tal era, pues, en general el carácter de la enfermedad, dejando a un lado otros muchos aspectos extraordinarios, dado que cada caso presentaba alguna particularidad, que lo diferenciaba de otros. Y durante aquel tiempo ninguna de las enfermedades corrientes hacía sentir sus efectos, y si sobrevenía alguna, acababa en aquélla. Unos morían por falta de cuidados y otros a pesar de estar perfectamente atendidos. No se halló ni un solo remedio, por decirlo así, que se pudiera aplicar con seguridad de eficacia; pues lo que iba bien a uno a otro le resultaba perjudicial. Ninguna constitución, fuera fuerte o débil, se mostró con bastante fuerza frente al mal; éste se llevaba a todos, incluso a los que eran tratados con todo tipo de dietas. Pero lo más terrible de toda la enfermedad era el desánimo que se apoderaba de uno cuando se daba cuenta de que había contraído el mal (porque entregando al punto su espíritu a la desesperación, se abandonaban por completo sin intentar resistir), y también el hecho de que morían como ovejas al contagiarse debido a los cuidados de los unos hacia los otros: esto era sin duda lo que provocaba mayor mortandad. Porque si, por miedo, no querían visitarse los unos a los otros, morían abandonados, y muchas casas quedaban vacías por falta de alguien dispuesto a prestar sus cuidados; pero si se visitaban, perecían, sobre todo quienes de algún modo hacían gala de generosidad, pues, movidos por su sentido del honor, no tenían ningún cuidado de sí mismos entrando en casa de sus amigos cuando, al final, a los mismos familiares, vencidos por la magnitud del mal, ya no les quedaban fuerzas ni para llorar a lo que se iban. No obstante, eran los que ya habían salidos de la enfermedad quienes más se compadecían de los moribundos y de los que luchaban con el mal por conocerlo por propia experiencia y hallarse ya ellos en seguridad; la enfermedad, en efecto, no atacaba por segunda vez a la misma persona, al menos hasta el punto de resultar mortal. Así, recibían el parabién de los demás, y ellos mismos, debido a la extraordinaria alegría del momento abrigaban para el futuro la vana esperanza de que ya ninguna enfermedad podría acabar con ellos.

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“The Plague At Ashdod” (Nicolas Poussin, 1631)

En medio de sus penalidades les supuso un mayor agobio la aglomeración ocasionada por el traslado a la ciudad de las gentes del campo, y quienes más lo padecieron fueron los refugiados. En efecto, como no había casas disponibles y habitaban en barracas sofocantes debido a la época del año, la mortandad se producía en una situación de completo desorden; cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros, y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas las fuentes movidos por el deseo de agua. Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues morían allí mismo; y es que ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano. Todas las costumbres que antes observaban en los entierros fueron trastornadas y cada uno enterraba como podía. Muchos recurrieron a sepelios indecorosos debido a la falta de medios, por haber tenido ya muchas muertes en su familia; en piras ajenas, anticipándose a los que habían apilado, había quienes ponían su muerto y prendían fuego; otros, mientras otro cadáver ya estaba ardiendo, echaban encima el que ellos llevaban y se iban. También en otros aspectos la epidemia acarreó a la ciudad una mayor inmoralidad. La gente se atrevía más fácilmente a acciones con las que antes se complacían ocultamente, puesto que veían el rápido giro de los cambios de fortuna de quienes eran ricos y morían súbitamente, y de quienes antes no poseían nada y de repente se hacían con los bienes de aquellos. Así aspiraban al provecho pronto y placentero, pensando que sus vidas y sus riquezas eran igualmente efímeras. Y nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin considerado noble, puesto que no tenía la seguridad de no perecer antes de alcanzarlo. Lo que resultaba agradable de inmediato y lo que de cualquier modo contribuía a ello, esto fue lo que lo que pasó a ser noble y útil. Ningún temor de los dioses ni de la ley humana los detenía; de una parte juzgaban que daba lo mismo honrar o no honrar a los dioses, dado que veían que todo el mundo moría igualmente, y, en cuanto a sus culpas, nadie esperaba vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su merecido; pendía sobre sus cabezas una condena mucho más grave que ya había sido pronunciada, y antes de que les cayera encima era natural que disfrutaran un poco de la vida.

Tal era el agobio de la desgracia en que se veían sumidos los atenienses; la población moría dentro de las murallas y el país era devastado fuera. Y en medio de su infortunio, como era natural, se acordaron particularmente de este verso, que los más viejos afirmaban haber oído recitar hacía tiempo:

‘Vendrá una guerra doria y con ella una peste’

Por cierto que surgió una discusión entre la gente respecto a que la palabra usada por los antiguos en el verso no era ‘peste’, si no ‘hambre’, pero en aquellas circunstancias venció, naturalmente, la opinión de que se había dicho ‘peste’; la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de esta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido. También acudió a la memoria de quienes lo conocían el oráculo dado a los lacedemonios cuando habían preguntado al dios si debían emprender la guerra y éste les había respondido que, si hacían la guerra con todas sus fuerzas, la victoria sería suya, y les había prometido que él mismo les prestaría su ayuda. Suponían, pues, que los hechos se desarrollaban conforme al oráculo: la epidemia, en efecto, se había declarado así que los peloponesios habían efectuado la invasión; y no se extendió al Peloponeso, al menos de forma que valga la pena mencionar, sino que se fue cebando sobre todos en Atenas y luego en las localidades más pobladas de otras regiones. Éstos son los hechos relativos a la epidemia”.

Extracto de la obra “Historia De La Guerra Del Peloponeso” (Tucídides)

Charles Perrault (1628-1703)

CAPERUCITA ROJA

“Había una vez en una aldea una niñita que era la más linda del mundo. Su madre estaba loca por ella y su abuela más loca aún. Esta buena mujer le mandó hacer una caperucita roja que le sentaba tan bien que en todas partes la llamaban Caperucita Roja.  Un día su madre coció y preparó tortas y le dijo:

-Ve a ver cómo se siente tu abuela, pues me han dicho que está enferma; llévale una torta y este tarrito de manteca.

Caperucita Roja partió en seguida hacia la casa de su abuela, que vivía en otra aldea. Al pasar por un bosque encontró al maese lobo, quien sintió muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió a hacerlo porque en el bosque había unos leñadores. Le preguntó adónde iba, y la pobre niña, que no sabía qué peligroso es detenerse a escuchar a un lobo, le respondió:

-Voy a ver a mi abuela y llevo una torta y un tarrito de manteca que le envía mi madre.

-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, lejos, en la primera casa de la aldea.

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“Caperucita Roja” (Gustave Doré, 1883)

-Bueno -dijo el  lobo-, yo también quiero ir a verla; voy por este camino, ve tú por aquel y veremos quién llega primero. El lobo se echó a correr con todas sus fuerzas por el camino más corto y la niñita se fue por más largo, entreteniéndose en juntar avellanas, correr detrás de las mariposas y hacer ramos con las florecitas que encontraba.

El lobo no tardó en llegar a la casa de la abuela. Golpea: toc, toc.

-¿Quién es?

-Soy su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo disimulando la voz-; le traigo una torta y un tarrito de manteca que le envía
mi madre.

La buena abuela, que estaba en la cama porque no se sentía muy bien, le gritó:

-¡Saca la clavija y la tranca cederá!

"Caperucita Roja" (Gustave Doré, 1883)

“Caperucita Roja” (Gustave Doré, 1883)

El lobo sacó la clavija y la puerta se abrió. Se arrojó sobre la buena mujer y la devoró en menos que canta un gallo, porque hacía tres días que no comía. Luego cerró la puerta y fue a acostarse en la cama de la abuela para esperar a Caperucita Roja que, poco después, golpeó a la puerta: toc, toc.

-¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la gruesa voz del lobo, primero sintió miedo, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, respondió:

-Soy su nieta, Caperucita Roja; le traigo torta y un tarrito de manteca que le envía mi madre. El lobo, suavizando un poco la voz, le gritó.

-¡Saca la clavija y la tranca cederá!

Caperucita sacó la clavija y la puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo escondiéndose bajo el cobertor, le dijo:

-Deja la torta y el tarrito de manteca sobre el arcón y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y va a meterse en la cama, asombrándose del aspecto de su abuela en camisón. Le dice:

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“Caperucita Roja” (Gustave Doré, 1883)

-Abuela, ¡qué brazos grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, niña mía,
-Abuela, ¡qué piernas grandes tienes!
-Es para correr mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué orejas grandes tienes!
-Es para escuchar mejor, niña mía.
-Abuela, ¡qué ojos grandes tienes!
-Es para ver mejor, niña mía.
-Abuela, ¡qué dientes grandes tienes!
-Son para comerte.

Y diciendo estas palabras el malvado lobo se echó sobre Caperucita Roja y se la comió.

Moraleja
Vemos aquí que los niños -y sobre todo las niñas bonitas, elegantes y graciosas- proceden mal al escuchar a cualquiera, y que no es nada extraño que el lobo se coma a tantos. Digo el lobo, pero no todos los lobos son de la misma calaña. Los hay de modales dulces, que no hacen ruido ni parecen feroces o malvados y que, mansos, complacientes y suaves, siguen a las tiernas doncellas hasta las casas y las callejuelas. ¡Y ay de quien no sabe que estos melosos lobos son, entre todos los lobos, los más peligrosos!”.

Incluido en un volumen de cuentos publicado en 1697